16 dic. 2012

El Hobbit. Un viaje inesperado


El Hobbit, un viaje inesperado

El viaje puede que fuera inesperado, pero la película no tanto. Se viene hablando de esta precuela de El Señor de los Anillos casi desde el rodaje de sus tres predecesoras, y se la viene criticando desde que se supo que Peter Jackson había decidido alargarla en una trilogía. En parte yo también me sumo a estas críticas, pero solo en parte. Creo que nadie en su sano juicio discutiría que las películas son un sacacuartos. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado; la industria del cine nunca ha producido películas por amor al arte. El problema estriba en si esta búsqueda de triplicar los beneficios redunda en una degeneración de la novela de Tolkien, es decir, si vamos a encontrarnos con una mala adaptación. Estirar trescientas páginas en nueve horas de visionado, desde luego, da que pensar. Ya se sabía que las películas, por fuerza, iban a incluir mucha paja. Y eso es exactamente lo que ocurre con El Hobbit: un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012), primera parte de la nueva trilogía. Al filme le sobran tranquilamente tres cuartos de hora, al menos desde una óptica narrativa. Lo bueno del asunto es que el sobrante no solo está rodado con buen gusto y no molesta, sino que se ensambla perfectamente en la trama y a veces ayuda a que el producto final sea más redondo (solo a veces). Por ejemplo, se añaden escenas de acción cuando el ritmo se lentifica o se insertan secuencias graves cuando el humor ligero torna empalagoso (secuencias que el director aprovecha además para establecer puentes con la trilogía original). Pero, como digo, hay paja muy bien encajada y otra no tanto: la escena de Bilbo y Frodo es tan absurda como irrelevante, solo justificable por un efecto nostalgia que a los lectores de las novelas les va a dejar más bien fríos. Y algunas escenas de acción también son totalmente prescindibles, por muy bien que luzcan.
Gandalf y BilboPero volvamos al problema que afecta sobre todo a los tolkienianos más puristas. ¿Es El Hobbit: un viaje inesperado una buena o una mala adaptación de la novela? Cabría pensar que el gigantismo al que se ha sometido la historia ha acabado pervirtiéndola. Nada más lejos de la realidad. Se puede dilatar una historia sin llegar a deformarla. Jackson se revela como un maestro que moderniza y amplia la narración respetando la fuente. ¿El secreto? Su amor por la obra literaria. Él es el primer crítico de su propia cinta, y eso se refleja en cómo ha mimado cada escena, en los detalles, en los diálogos, en la atmósfera, en el ritmo. La novela sufre ciertos cambios al volcarse en la pantalla grande, eso es evidente, pero nada que trascienda de los necesarios ajustes al mudar la ficción de un medio narrativo a otro.
Se compara la cinta de El Hobbit con la trilogía cinematográfica de El Seños de los Anillos, su predecesora, lo cual constituye un error de base. El Señor de los Anillos narra una epopeya grandiosa, mientras que El Hobbit se reduce a un cuento de hadas para niños. La propia historia de El Hobbit limita su grandeza; no se le puede exigir más a una ficción tan ligera. En mi opinión, Jackson ha elevado épicamente la novela al máximo grado posible, no es viable hacer más grandes unos sucesos tan modestos como los referidos en El Hobbit. Cabe mencionar el esfuerzo invertido por los responsables en aproximar el tono de la nueva trilogía al de la original, respetando al mismo tiempo, no lo olvidemos, la esencia liviana del libro. El resultado es inmejorable, un equilibrio perfecto entre épica y fidelidad.
Los enanosNo todo en la película son virtudes, claro. Aparte de las escenas sobrantes, hay detalles que no me acaban de convencer, y en ocasiones hemos de suspender la incredulidad más de la cuenta para aceptar las paridas escénicas de Jackson. Pero, por lo general, El Hobbit: un viaje inesperado constituye una muy digna precuela de la magnífica trilogía de El Señor de los Anillos, que sin estar a su altura (por cuestiones narrativas, como ya se ha señalado), me atrevería a decir que supera las expectativas puestas en el filme. La banda sonora de Howard Shore ayuda a alcanzar tales cotas, y otro acierto es el de la selección de actores (Martin Freeman es mucho mejor hobbit de lo que nunca fue Elijah Wood).
Diremos namárië hasta el año que viene a enanos, mago y hobbit con la tranquilidad de que Jackson no ha perdido su toque y de que la Tierra Media aún tiene muy buenas historias que contarnos, y bien contadas.
 

30 nov. 2012

El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins

El círculo de KriskyDesde aquí me hago eco del panegírico de Jorge Luis Borges a favor de la economía en literatura. No quiero decir con esto que los textos deban erigirse en telegramas, sino que toda palabra superflua debe ser eliminada. Borges desarrollaba una idea en un puñado de párrafos y eso era todo. A veces coexistían varias ideas portentosas incluso en una misma frase. Un escritor de menos recorrido hubiera construido una novela de quinientas páginas con cada una de esas ideas, rellenándolas de florituras accesorias que no vendrían al caso. Añadir agua al vino, que diría un crápula.

Por supuesto, la literatura no consiste solo en ideas. Hay literatura de personajes, de ambientes y descripciones, de ritmos pausados, necesariamente minuciosa. Hay tramas complejas y novelas corales. Y hay novelas que piden quinientas páginas. Si las piden, adelante, no hay problema. Un libro de dos mil páginas puede ser muy bueno si no le sobra ninguna, pongamos por caso la Genji Monogatari; pero hay demasiados autores que estiran de un hilo muy pequeño solo por darle al manuscrito un formato publicable. No soy amigo de etiquetas tipo novela, novela corta, cuento o microrrelato: cada historia pide el espacio que pide y no hay más. Sin embargo, a veces las etiquetas sirven para poner orden, y a mí me vienen bien para confesar mi amor incondicional por el relato corto. Por todo lo anteriormente comentado, porque al cuento pocas veces le sobra algo. Porque es un bocadito literario, como la poesía, solo que con una narrativa que en ocasiones nos sorprende y nos conmueve. Una bofetada literaria, en el buen sentido.

El Círculo de Krisky, ópera prima de Miguel Puente Molins, es una colección de estas fantásticas piezas minimalistas. Me hice con este librito por su condición de antología, sin saber que Miguel era uno de los fundadores de Saco de Huesos, editorial a la que tengo un cariño especial. Desde que leí la solapa del libro y me alcanzó el dato, no pude ser objetivo al leerlo.

Sí puedo serlo ahora, al recordar los cuentos. En El Círculo de Krisky hay de todo, desde pequeñas obras maestras hasta relatos más normalitos, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca. Están bien escritos (si hacemos la vista gorda a un par de justificables erratas), mejor documentados y, sobre todo, cumplen con creces su función: sustraerte durante un buen rato de esa realidad asfixiante cuyas barreras solo pueden ser abatidas con el poder escapista de la literatura.

La antología arranca con “Los siete cuervos”, una historia deliciosa correctamente ubicada al principio del libro. Miguel Puente parece decirnos con este relato: este soy yo, así es como escribo y he aquí la imaginería que soy capaz de perpetrar. Literatura de ideas, moderación narrativa: todo el cuento está plagado de parcas imágenes fantásticas que otros autores con menor tonelaje creativo no hubieran dudado en dilatar, pero que aquí solo se esbozan, como atrezo de un teatro mucho mayor. Todo el cuento, además, está impregnado de una ambientación feérica que no desmerece de las grandes mitologías modernas (verbigracia, El Silmarillion). Una carta de presentación estupenda, aunque el resto de los cuentos se alejen un poco en cuanto a atmósfera de este que abre la selección.

Después viene el remanente de cuentos. Los que más me han gustado han sido “Una duda razonable” y “Psicosomático”. El género fosco se desarrolla con maestría, acierto y economía de medios a través de las contadas páginas de la obra de Puente, y aunque los relatos oscilan entre el terror y el humor, la ternura y el desastre, es común en todos ellos un trasfondo mitológico, patrio en abundantes ocasiones.

Y por último arribamos a “El Círculo de Krisky”, el relato que da título al conjunto y que se encarga de cerrar la antología. Para mí estamos sin duda ante el mejor cuento del libro, y probablemente también debe de parecérselo al autor cuando lo ha situado estratégicamente al final, para dejar un buen regusto. También la ilustración de portada (magnífica) hace referencia a esta última historia en la que Puente echa los restos. Se trata de una de las narraciones más originales que he leído en mucho tiempo, y uno que es ya perro viejo, y que como lector siente indiferencia ante el género de terror por inocuo y fallido en sus propósitos, ha de admitir aquí que este cuento, cuando menos, le ha causado cierta inquietud. El final no destaca especialmente (le falta un desenlace menos previsible para ser un cuento perfecto), pero el correo electrónico que constituye el armazón del relato sorprende e innova. Realmente dan ganas de transcribir el mensaje y lanzarlo a través de la red para ver cómo reacciona el personal. No digo más.

Miguel Puente, parroquiano gallego del bar del trago rápido y sin concesiones, sin palabras sobrantes ni tercios exclusos, sin disquisiciones cansinas, nos sorprende con un libro que apenas dura una tarde. Queda por ver cómo se desenvuelve en historias con más fondo, aunque, como he venido en defender durante toda la reseña, por lo que a mí respecta agradecería que se quedase en el cuento corto durante una —esta vez sí— muy larga temporada.
 

14 nov. 2012

El Teatro de los Prodigios en Internet

Molino Crítico

Poco a poco van apareciendo reseñas y opiniones varias sobre El Teatro de los Prodigios, tanto en el mundillo de la blogsfera como en portales de renombre.
La primera reseña de hoy corresponde a The Church of Horrors, un portal cultural de excelente factura que he tenido la ocasión de descubrir a raíz del interés de sus responsables en comentar la obra:
http://thechurchofhorrors.com/el-teatro-de-los-prodigios-ramon-merino-collado

El escritor Manuel Amaro Parrado, en su blog literario Fobos, ha tenido a bien realizar una breve reseña de El Teatro de los Prodigios. Amaro Parrado es el autor de la recomendable antología Fobos y de la novela León Gónzález, Santo. El latido de Olimpia, su tercera obra, está a punto de ver la luz.
http://manuelamaroparrado.blogspot.com.es/2012/08/el-teatro-de-los-prodigios.html

El imprescindible sitio de género El rincón de Koreander ha publicado un reportaje completo de El Teatro de los Prodigios. Incluye datos sobre la obra y una interesante entrevista al autor:
http://elrincondekoreander.wordpress.com/2012/11/08/dossier-el-teatro-de-los-prodigios-de-ramon-merino-collado

Juan José Aroz, responsable de la estupenda editorial Espiral Ciencia Ficción, ha colgado una minicrítica en diversos medios:
http://es.groups.yahoo.com/group/terbi/message/254

Me consta que hay unas cuantas reseñas extensas en camino, que iré enlazando conforme se vayan colgando en la red. Además, muy pronto aparecerá una nueva entrevista en un conocido portal literario.
Gracias a todos los que me reseñan sin que medie intervención mía o de la editorial en estos bonitos gestos.

1 nov. 2012

El baile de los secretos, de Jesús Cañadas

Hay novelas que te dejan hambriento de información, que te impulsan a buscar más datos sobre ellas en Internet, en cuanto giramos la última página. Eso, ya de por sí, es muy buena seña: para bien o para mal denota que la novela te ha marcado. Es lo que me ocurrió al acabar El baile de los secretos (Grupo Ajec, 2011), de Jesús Cañadas. Por desgracia, el blog del autor ha desaparecido y en su lugar se ofrece una web insuficiente, elegante pero parca en contenidos. Sin embargo en la red abunda información sobre la novela, dispersa y amateur pero copiosa, sobrada para aplacarnos el hambre. Internet arroja unos resultados asombrosos: más de cuarenta reseñas, lo cual es un verdadero logro para una pequeña edición. Y aunque bien es cierto que muchas de ellas responden a envíos de ejemplares de prensa por parte de la editorial o del propio autor, no es menos cierto que la mayoría son reseñas positivas.
 
Esta reseña también es positiva y no responde a ninguna estrategia promocional. Descubrí el libro a través de la web de Grupo Ajec, la sinopsis atrajo mi atención y lo añadí a un pedido que ya tenía a punto de caramelo. Un tiempo después le encontré un hueco en mi agenda lectora y, cuando una semana más tarde consumí el último renglón, sentí la urgente necesidad de escribir estas palabras. Quizá después de cuarenta reseñas la mía se haga del todo superflua, pero ya os digo que fue necesidad, y eso también es buena señal.

Comencemos por lo malo. Cuando empecé a leerlo, El baile de los secretos me tenía desconcertado. Por un lado estaba flipando con la pulcra, cuidada prosa del autor; por otro me costaba horrores pillarle el ritmo. Y es que, por lo que he podido leer en otros lares, casi todos coincidimos en que el mayor hándicap del libro es su densidad literaria, la cual, unida a la cantidad de información que el autor despliega de una vez al principio de la novela, nos impide abordar la lectura con un mínimo de fluidez. Y aquí acaban los peros. Porque lo que es su mayor pega es al mismo tiempo su mayor virtud: una vez cogido el ritmo y comprendido que esta novela debe afrontarse con una paciencia relajada, solo nos resta abandonarnos al pausado placer de una lectura onírica, riquísima en hallazgos estilísticos e imágenes poderosas. Se nota que es una primera novela en el buen sentido: Jesús Cañadas echa los restos para demostrarnos que escribe bien, y lo consigue, e intenta colarnos en trescientas páginas todo su bagaje cultural, que no es poco, y exponernos hasta la menor pincelada de su vasta imaginería, que tampoco es una bagatela.

Pero El baile de los secretos no solo está bien escrita: desarrolla asimismo planteamientos muy originales. Además de constituir una suerte de partida de rol novelada, intercalada con el mundo realista en que residen los jugadores como la estrofa y antistrofa de un poema griego, toda la historia es una grandilocuente alegoría del amor. O más que del amor, del desamor. Cada abstracción que identificamos con el más romántico de los sentimientos cobra aquí una naturaleza física, literal. Nos toparemos con los Celos, y con el pérfido Rencor, y con el desolador Abandono, y también con enamorados portadores de la plaga del amor, que devoran corazones para saciar su insaciable apetito. Y más corazones, muchos corazones por todos lados, palpitantes, sangrantes, grotescos. El amor (desamor) se presenta aquí como un horror, el baile de los secretos es un baile gore, visceral en el sentido más literal de la palabra. Porque el amor tiene una cara negra y ponzoñosa que pocas veces asoma en la literatura, y nunca tan gráfica y plásticamente como en El baile de los secretos.

La novela funciona con precisión: despliega los personajes, destapa sus secretos y cierra el círculo cubriendo con una pátina de esperanza lo que durante toda la historia ha sido negro como los hilos de Melquíades. Pero bajo esta mecánica minuciosa subyace todo un mundo de secretos secundarios, secretos que resultan prescindibles para entender la trama principal (por lo que el autor los oculta sutiles entre las páginas), pero que enriquecen en gran medida la lectura. Hay referencias a Oscar Wilde, Chris Claremont, Dan Simmons, J.L. Borges, H.P. Lovecraft, Cortázar, Shakespeare y un largo etcétera. Hay alusiones a los libro-juegos de Altea y en general al mundillo del rol. Muchos personajes no son lo que parecen o representan algo más, y hasta la ciudad esconde su propio secreto, que es el que personalmente más me gustó descubrir a mitad de la novela (cuando caes en la cuenta, los colores le brotan de pronto a cada lugar visitado en Mandressla).

Voy a seguirle la pista a este autor gaditano que recientemente ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla, uno de los más prestigiosos de la península. Estoy convencido de que al sentirse libre de la imperiosa necesidad de probar su valía, más que demostrada con su ópera prima, su canto del cisne será menos denso, más relajado y acabado que El baile de los secretos. Entonces será cuando empecemos a flipar de verdad con Jesús Cañadas, prometedora figura del fantástico patrio. Tiempo al tiempo.
 

22 sept. 2012

Literatura sin etiquetas

Durante la presentación de El Teatro de los Prodigios se efectuó una lectura que podría resultar de interés a los visitantes de Molinos Cibernéticos. Aunque el texto alude a la obra presentada y se enmarca en el acto en cuestión, el tema tratado es lo bastante general como para seducir a todos los amantes de la literatura fantástica. Constituye una oda al género y una crítica contra el corsé literario, y creo que merece la pena colgarlo por aquí.
 
A continuación, el texto íntegro. Espero que sea de vuestro agrado.


EL TEATRO DE LOS PRODIGIOS: LITERATURA SIN ETIQUETAS

  De niño guardaba ilusiones, misterios y mundos completos en las estanterías. Allí estaban, como una colección de sueños, esos pequeños objetos maravillosos: los libros.

Literatura fantástica  Abría uno de ellos y la magia de las palabras se desplegaba ante mí, arrastrándome a través del tiempo y el espacio y permitiéndome compartir las aventuras de caballeros y piratas, exploradores y princesas. Y cuando cerraba el libro, arrebujado entre las sábanas, y apagaba las luces porque al día siguiente me aguardaban las obligaciones escolares, aún flotaban ante mí aquellos personajes, gritándome arengas, llevándome con ellos en sus múltiples andanzas. Y a veces, un niño vestido de verde tocaba en mi ventana para venirme a anunciar que había perdido su sombra.

  Con el tiempo, por desgracia, las magias de la infancia se van evaporando ante nuevas inquietudes, los asuntos de la madurez. La maravilla ante lo desconocido pierde fuelle porque lo desconocido deja de serlo. Se abre el telón y se nos muestra el mundo desnudo, tal y como es, con todas sus barreras y sus asfixias, con sus blancos y negros. Al hacernos mayores claudicamos ante la realidad, en la vida del adulto no queda tiempo para soñar. ¿Somos libres los adultos?

  Dicen que el libre albedrío existe. Que el determinismo solo es una invención de los físicos mecanicistas, una abstracción. Que si yo, por ejemplo, muevo ahora mismo esta mano, es porque quiero hacerlo. Somos libres, eso dicen. Pero también un pájaro enjaulado puede batir  las alas. Un animal en cautividad jamás echará de menos el opulento mundo que se extiende tras su prisión precisamente porque no lo conoce. Al serle ajeno, se imagina libre en su pequeño espacio, aunque el instinto le revele tenuemente la aciaga verdad a través de una misteriosa melancolía.

  A nosotros, los seres humanos, nos gobierna el mismo espejismo. El momento y lugar de nuestro nacimiento condicionan cómo será nuestra vida. La cultura, el derecho, el mundo sociopolítico, desde cierto punto de vista restringen nuestras libertades. Y si me apuráis aún podemos ascender un peldaño más: las leyes físicas de nuestro universo, las limitaciones de la realidad en que nos desenvolvemos, constituyen los auténticos barrotes de nuestra jaula. Seríamos verdaderamente libres si pudiéramos coleccionar llamas de fuego, caminar sobre las aguas, resucitar a nuestros muertos, besar impunemente al amor no correspondido. Seríamos de verdad libres si pudiéramos volar.

  Supongo que todos conocéis el mito de Dédalo e Ícaro, dos mortales que tuvieron la osadía de construirse unas alas de cera para escapar de un laberinto y alcanzar la libertad. Pero Ícaro se aproximó demasiado al sol, la cera se derritió y fue enviado de nuevo al abismo. El laberinto, el sol, representan la realidad. Una realidad que, como la jaula de un ave, como en el cuento de Ícaro, se encuentra tanto arriba como abajo, nos rodea por doquier, de una suerte claustrofóbica.

  Sin embargo, no todo es negro en esta idea. Porque, afortunadamente, y a diferencia de los animales, gozamos de una forma de escapar de nuestro destino de jaula. Os hablo, amigas y amigos míos, del poder de la imaginación. Y una de las mayores manifestaciones de este poder, acaso la más inmortal, sea la literatura.

  La literatura es un portal directo a la libertad. Cuando abrimos un libro, conjuramos ese portal. Cuando comenzamos a leerlo, franqueamos esa cancela e ingresamos en un mundo en el que todo es posible.

  El librito que hoy os presento no es más que eso: un canto a los sueños. Sería pretencioso por mi parte declarar que con este libro os devuelvo la libertad, pero no soy yo quien lo hace, sino vosotros mismos a través de la propia literatura. Porque la literatura, ante todo, siempre ha sido eso: un navío de palabras surcando los mares de la imaginería.

Dédalo e Ícaro  ¿Qué encontraremos aquí, dentro de estas páginas? Un homenaje al prodigio. Una colección de cuentos para adultos que, sin embargo, también puede ser leída por jóvenes. Cuentos ambientados en escenarios realistas en que el absurdo, a la manera cortazariana, penetra como una sutil pincelada, o como un explosivo huevo de Dalí. Podríamos por tanto anunciar estos cuentos como fantásticos. Pero ese afán de etiquetarlo todo, de clasificar las cosas en categorías, es lo que lleva a muchos de nosotros a confundir literatura fantástica con literatura juvenil, o a vincular erróneamente el género con dragones y naves espaciales. Y olvidamos que la literatura, en esencia, siempre ha sido fantástica. La narrativa es ficción por naturaleza. El realismo radical solo es una moda pasajera, una vanguardia más, mientras que todos los grandes escritores se han valido, se valen y se valdrán del tintero y la pluma para construir sus más descabelladas fantasías, desde Homero hasta Borges, pasando por Milton, Dante, Cervantes, Poe, Stevenson, Kafka, García Márquez y un largo etcétera. Fue uno de ellos, Oscar Wilde, quien dijo que a todo aquel escritor que sea capaz de llamar pala una pala deberían obligarle a usar una, porque es para lo único que sirve.

  Con estas palabras, amigos y amigas, no pretendo delimitar mi libro, sino justo lo contrario: romper los límites, demoler las barreras. Porque la literatura no los admite. Porque, como ya he expresado, reniego de las etiquetas. Pero una cosa está clara: los que busquen moralinas en mis cuentos no las encontrarán. En ellos abundan las reflexiones, son cuentos que espejan el mundo en que vivimos. Como anuncia la contraportada, el componente fantástico se releva como simple excusa para ahondar en la condición humana y presentar situaciones que nos son terriblemente familiares. La fantasía está al servicio de la narración, es un recurso más, un instrumento narrativo para alcanzar un objetivo muy preciso, que es contar una buena historia. Pero no se puede negar lo evidente: quienes se aproximen a estos relatos no hallarán sino una forma inmediata de llenarse el alma de la evasión que nos ofrece la literatura.

  El Teatro de los Prodigios está destinado a todos aquellos a quienes la realidad no nos basta. Porque ya está fabricada, porque nos rodea a todas horas y estamos aburridos de ella. Porque lo que ansiamos de verdad, a través de los libros, es salir de la jaula, sentir la libertad. Los libros son unas alas para volar, unas alas a prueba de laberintos e inmunes al sol.

  Este libro es, por tanto, para todos vosotros. Sé que todos y cada uno lleváis un soñador dentro; cada cual guarda una Atlántida en el corazón, en el centro mismo del alma. No solo de pan vive el hombre: nos alimentamos de sueños, nos nutrimos de ilusiones. Por eso os abro las puertas a este teatro que he construido para vosotros, y espero sinceramente que os guste la función.

  Amigos, amigas, bienvenidos pues a El Teatro de los Prodigios.


30 ago. 2012

Dragon Age: arte, cine y videojuegos

Dragon Age: OriginsLos videojuegos están pasando por una buena racha. Poco a poco van surgiendo de ese gueto cultural en el que siempre han estado enclaustrados y se van haciendo un huequito en el panorama de la cultura global. La 2 ofrece emisiones especializadas o incluye los videojuegos en los programas de variedades. Los suplementos culturales, tanto de la prensa escrita como de la virtual, les dedican secciones más o menos afortunadas. Los blogs se atreven a hablar de ellos de forma seria, y las grandes superficies los ubican cerca de otras áreas del consumo de cultura. Los tiempos en que se los demonizaba ya van quedando atrás, y ahora ya no se los ve como un juguete oscuro que impide la socialización del niño, sino como un sano entretenimiento para todas las edades y una manifestación artística más. Sin embargo, aún les queda un largo camino que recorrer para terminar de emerger de ese oscurantismo generalizado que arrastran como un sambenito desde su aparición. Al fin y al cabo, la mayoría sigue relacionando la palabra videojuego con el Comecocos, el Tetris o el Angry Birds. Incluso un parte importante de los propios jugones no pasan de buscar en los videojuegos una fuente más o menos rápida de entretenimiento, un alivio inmediato y fugaz, que pueda aplicarse en cualquier momento y situación, en el metro o en la cola del supermercado, como vienen a ser los ejemplos previos. Lo cual no es que esté mal, pero no todo lo negro son cuervos.

Porque los videojuegos, de un tiempo a esta parte, han evolucionado y se han ramificado hasta tal punto que ya no puede metérseles a todos en el mismo saco. El Monkey Island es a los marcianitos lo que el Quijote a la lista de la compra. Podemos jugar a un juego en el móvil o en la pantalla del proyector, con el surround a toda potencia. Y, como en cualquier otra expresión artística, dentro del conjunto de los videojuegos cabe de todo: desde lo mediocre hasta lo muy bueno, habiendo también ejemplares extremadamente simples y… de cuando en cuando una obra maestra.

Dragon Age: Origins (Bioware, 2009) se promocionó en su día como el "sucesor espiritual de Baldur´s Gate", el aclamadísimo RPG etiquetado por muchos medios especializados como el mejor videojuego de la historia. Lo de "sucesor espiritual" podría parecer una afirmación pretenciosa de no ser porque los guionistas de ambos juegos prácticamente coinciden. Y aunque el argumento de Dragon Age parta de una premisa manida y simplona (salvar el mundo contra las fuerzas malignas en un escenario épico medieval), como en muchos otros casos no es tanto lo que se cuenta como la forma de hacerlo. El mundo de juego ha sido desarrollado hasta el detalle (los enanos de Orzammar superan a los del propio Tolkien, y disculpadme la herejía). La trama cobra giros sorprendentes; los personajes, parte esencial del puzle, están magníficamente caracterizados. Dragon Age: Origins cuenta además con una ampliación y una secuela, Dragon Age II, aunque esta última no está ni de lejos a la altura de su predecesora.

El desarrollo de un videojuego como Dragon Age: Origins es muy parecido al de una película. De hecho, estamos ante las dos manifestaciones artísticas que más rasgos comparten. Ambas necesitan de un guionista (o equipo) que devane el hilo narrativo, de técnicos que lo desarrollen sobre el terreno, de un equipo de artistas que compongan las secuencias y diseñen decorados y vestuario, un compositor para la banda sonora, una empresa que avale económicamente el proyecto y un director que dé coherencia al conjunto, que coordine y dirija el tinglado para que el resultado sea óptimo. Ni siquiera en el videojuego faltan los actores, en este caso de doblaje, como en las cintas de animación. Un videojuego de altas cotas como Dragon Age es un trabajo de equipo, y es indudablemente un trabajo artístico.

Dragon Age: Origins cuenta con un equipo que, a priori, solo puede ofrecer buenos resultados. El grueso de los guionistas deriva de Baldur´s Gate, como ya se apuntó, y muchos de ellos gozan de carreras literarias admirables. Inon Zur, el encargado de la música, es un reconocido compositor de series de televisión e incluso de grandes producciones hollywoodienses, como por ejemplo el film Casper, y ha compuesto para Dragon Age una banda sonora maravillosa, merecidísima ganadora del Hollywood Music In Media Award de 2009. Los estupendos actores proceden del teatro o de la pantalla, y dotan a los personajes de un soberbio temperamento. Todo en el juego destila profesionalidad, desde el aspecto artístico hasta la cuidada mecánica de molino que subyace tras cada escena.

Escena de Dragon Age: OriginsPero el videojuego va más allá del cine, ya que permite abolir esa distancia que media entre espectador e historia, colarnos dentro para vivirla de primera mano, vestir la piel del protagonista e involucrarnos en lo narrado. Y es precisamente la fusión entre la primera persona y la obra cinematográfica lo que hace florecer la magia del videojuego moderno, porque tampoco es lo mismo encarnar los píxeles de un comedor de cocos que sentirnos dentro de una auténtica película, viviendo grandes emociones, sintiendo sobre nosotros el peso de los acontecimientos, combatiendo por el futuro y enamorándonos por el camino. Dragon Age: Origins cuida a sus personajes, todos tienen algo que contarnos; sufres con ellos sus tristezas y alegrías, te involucras en sus dramas personales, te sientes uno más. Hay también romances en Dragon Age, no una opción única sino un abanico de posibilidades (incluso alternativas homosexuales para ambos sexos); idilios creíbles, humanos, moldeables y perfectamente desarrollados. Todo en el juego son opciones, incluso el origen de nuestro personaje es configurable y determinará el modo en que veremos el mundo y el mundo nos verá a nosotros (a modo de ejemplo, no es lo mismo ser noble que mendigo). En Dragon Age la libertad es casi absoluta: gozamos de verdadera sensación de poder sobre la trama, otra de las más señaladas distancias con el cine, porque no incurre en la linealidad sino que cualquier acción que se emprenda tendrá consecuencias, a veces evidentes y otras veces inesperadas. La historia toma una u otra dirección dependiendo de las decisiones que tomemos, que no siempre resultan fáciles. No es un juego éticamente correcto, el bien y el mal se enmarañan y en ocasiones el pragmatismo ofrece mejores resultados que la actitud caballeresca. Es de agradecer la dimensión que los guionistas han imprimido a lo que se cuenta.

Muchos ríos de tinta podrían correr acerca de esta joya galardonada con numerosos premios en 2009 y definida por The New York Times como "probablemente, el mejor videojuego de rol jamás creado". Nosotros nos detendremos aquí, y que Dragon Age: Origins hable por sí solo cuando afilemos nuestra espada y nos aventuremos en él. Por mi parte, llevo años sin poder disfrutar de los videojuegos: las responsabilidades adultas y la falta de tiempo hacen mucha mella en las aficiones de siempre. Pero de tanto en tanto caen en mis manos portentos como este, y es entonces cuando recuerdo por qué amaba –y sigo amando– este pasatiempo tan saludable, tan elevado. Tan condenadamente cinematográfico.


20 ago. 2012

Paul Auster y La trilogía de Nueva York

La trilogía de Nueva YorkPocos son los escritores que conquistan a público y crítica por igual. Por lo general los críticos reniegan de todo lo que el público se bebe de forma masiva, y bien es sabido que los intereses de la mayoría (pasar un buen rato) disienten diametralmente de los del teórico profesional (revolcarse en la intelectualidad). No obstante, algunos escritores logran posicionarse entre ambos polos y cautivar a las dos partes. Umberto Eco, Mario Vargas Llosa o Paul Auster constituyen claros ejemplos de forjadores de best sellers cuya pluma es sin embargo encumbrada por la prensa especializada.

Parte del éxito de Paul Auster radica en la doble lectura que encierran muchas de sus obras, lo cual permite vencer al público y a la crítica, a cada uno en su terreno. En La trilogía de Nueva York, su segunda novela, ya se puede apreciar esta doble apuesta del autor. Además de gozar de un estilo directo, llano y ligero, fácil de digerir aunque bien construido, La trilogía de Nueva York bebe del género negro más tradicional, lo cual la convierte en carne literaria del lector de a pie. Y no obstante, bajo la narración subyace una segunda lectura, más profunda, en la que cobra relevancia ese juego de identidades que caracteriza casi toda la producción del autor. El de Nueva Jersey juega a confundirnos bautizando con el mismo nombre a personajes distintos, cuando en realidad el paralelismo se establece a un nivel más sutil, de figuras literarias más que de personajes concretos. Y serán precisamente estos recursos los que harán las delicias de muchos críticos, siempre hambrientos de prácticas metaliterarias y narratología moderna.

Ya en La trilogía de Nueva York podemos hallar todos y cada uno de los hitos recurrentes en la prosa de Auster, las claves que a la postre acabarán definiendo y popularizando al escritor, su sello de identidad literaria: la casualidad como motor de acción, la autobiografía, el componente metaliterario, la trabazón entre escritor, narrador y personaje… Todo ello encuentra su lugar en esta novela, que se convierte así en un molde con el cual podemos medir la producción completa de Auster. La obra se divide en tres partes (“Ciudad de cristal”, “Fantasmas” y “La habitación cerrada”), tres historias independientes en apariencia, pero que como ya apuntamos forman una unidad ideológica a un nivel más íntimo. Personalmente disfruté más con el primer relato, aunque muchas opiniones señalan el tercero como el mejor.

La trilogía de Nueva York está considerada como una de las novelas cumbre de Paul Auster (junto con Leviatán y El palacio de la luna), y supuso su reconocimiento como uno de los grandes narradores estadounidenses contemporáneos.

27 jul. 2012

"Dama deshaciéndose en cenizas", culpable: RYOHEI HASE

"Can not prevent it, but there is no need to prevent it",
verdadero título de la obra

Muchos de vosotros me habéis celebrado la portada de El Teatro de los Prodigios. Sin duda ha cosechado un éxito arrollador; a mí también me asaltó el asombro cuando recibí la ilustración por correo electrónico y le clavé la vista por primera vez, y recuerdo que no tardé en ponerme en contacto con mi editor para descubrir quién ostentaba la autoría de tan fantástica estampa.
La ilustración, me contó Raúl, no había sido creada por los artistas en nómina de la editorial, como yo pensé en un principio, sino que correspondía a un dibujante freelance que ofrecía sus inquietantes visiones oníricas y surrealistas a toda suerte de grandes empresas, desde editoriales hasta discográficas, pasando por firmas de videojuegos y hasta estudios de cine.
Se trata de un joven ilustrador japonés de 25 años que responde al nombre de Ryohei Hase.
No voy a extenderme aquí en su trayectoria artística, su biografía o sus logros; las webs que a continuación expongo ya lo hacen por mí. Y, lo que es más importante, exhiben hermosas galerías del trabajo de este misterioso artista, colecciones de turbadoras escenas que proceden de los rincones más oscuros de nuestra mente. Yo incluyo algunos ejemplos al final de esta entrada, pero en las siguientes webs encontraréis muchos más.
¡Que las disfrutéis!

http://www.taringa.net/posts/arte/13045141/Surrealismo-de-Ryohei-Hase.html

PÁGINA OFICIAL






8 jul. 2012

¡Por Adraga!

La ley de Sturgeon (aforismo que afirma que el 90% de todo lo editado es basura, sean libros, películas, discos o periódicos) nunca ha sido tan acusada como el caso de las "dragonadas": sagas de corte épico ahítas de órdenes caballerescas, mazmorras y magos, razas antropomórficas y oscuros señores del mal. Una parte importante de lo que publica Timun Mas ha hecho mucho daño a la nombradía del género popularmente conocido como "espada y brujería" o "fantasía heroica". El Señor de los Anillos primero, Canción de Hielo y Fuego después, ambos sirvieron de acicate para que proliferasen toda suerte de clones innombrables de gastado argumento. Las editoriales especializadas en rol aprovecharon la tirada de sus juegos para publicar novelitas basadas en ellos, libritos de dudosa calidad literaria. Por supuesto, entre tanta basurilla fantástica podemos hallar cosas muy buenas, empezando por la magna obra de Tolkien o la inconmensurable producción de Martin y terminando por gente como Moorcock o Pratchett. Reconozco que el primer libro de las Crónicas de la Dragonlance me entretuvo (no así todos los demás) y que también disfruté con el primero de Geralt de Rivia, que tenía bastante de original pero que, por mucho que lo publiciten de otro modo, a partir del tercero, cuando la saga se vuelve seria, es más de lo mismo, más dragonada que añadir a la montaña.

Aquí, por estos lares, no nos quedamos atrás: en castellano también han abundado copias tolkienianas mediocres que han pasado sin pena ni gloria por las estanterías, reales o virtuales. Grupo Ajec, en su colección Excalibur Fantástica, se esfuerza por superar las modas y publicar obras que trasciendan del clon de buena proyección comercial y fácil olvido. Me consta que muchas de ellas lo consiguen, y en concreto hay una que me ha sorprendido gratamente: Adraga, de Juan Ángel Laguna Edroso.

No me extenderé demasiado en el argumento: Adraga cuenta la historia de un grupo de cruzados en un Medievo ucrónico, en el cual el fin del mundo anunciado por agoreros y oscurantistas ha ocurrido parcialmente. Los demonios campan a sus anchas por una tierra de cataclismos anegada de sangre, y los supervivientes de la divina criba tratan de redimirse a través de unas Guerras Santas encauzadas a aniquilar las fuerzas del Maligno. El mayor logro del autor es forjar una ambientación oscura y opresiva, un escenario donde el único lenguaje es el del hierro y el fuego, donde el fervor religioso es de obligado cumplimiento y la mordedura de la espada es moneda corriente. Además, Laguna recurre a efectistas usos del lenguaje para suscitar un deje a lectura antigua sin abusar de los tan manidos latinismos: simplemente con una exótica y acertada ubicación de los verbos y el empleo de ciertos arcaísmos logra introducirnos de lleno en su mundo de tinieblas medievales.

En realidad, Adraga es una compilación de dos novelas independientes: Memorias de una ciudad extraña y Las losas del alma. Memorias de una ciudad extraña encierra una historia autoconclusiva, con un final más o menos cerrado (aunque allí se planten semillas que germinarán después). Y si bien el segundo libro es una continuación del primero, sin duda puede leerse de forma aislada, pues pone en antecedentes al lector ocasional y vuelve a presentar a los personajes. Sin embargo, el lector hallará un placer mayor en la lectura completa, en la suma de las partes, pues las líneas argumentales secundarias que se trazan entre ambos libros convierten la obra toda en una narración de mayor calado y amplitud.

Personalmente, disfruté más con el primer libro. Memorias de una ciudad extraña aborrece de épicas grandilocuentes para contar una historia pequeña, centrada en la ciudad de Praga, que solo a la postre se revela más grande de lo que en principio parecía. Se fragua aquí una ficción oscura e intrigante, casi detectivesca, de escaramuzas, conspiraciones y subterfugios más que de grandes gestas; pero es precisamente el componente misterioso lo que la hace tan especial y lo que la aleja de la dragonada al uso. La magia es siempre sutil; el bestiario, demoníaco y furtivo. En este libro, además, Juan Ángel Laguna inventa la novela río moderna (aunque se estuviera descubriendo paralelamente por otros andurriales; pero eso no le resta mérito a él). Cada capítulo está contado desde la perspectiva de uno de los personajes, en primera persona. Y aunque puede decirse que el texto adolece de cierta monotonía narrativa al carecer de un estilo propio para cada héroe, los matices que el autor imprime a las personalidades suplen con creces esta carencia estilística.

La segunda parte, Las losas del alma, arranca poderosa, coge brío y se vuelve épica y ambiciosa, aunque no abandona la senda escénica marcada por su antecesora, con lo que la originalidad está asegurada. Los misterios confinados ceden por fin a la grandeza errabunda, a un tour bélico a través de la Vieja Europa y parte de Asia en el que las batallas se suceden sin otro propósito que narrar las heroicidades de la fe, la entereza y el puro tesón. Las descripciones de los lugares son sugerentes, el autor trabaja todos los sentidos y nos hace postrarnos ante el exotismo de oriente, los solemnes cuernos de Viena, las intrigas palaciegas de Constantinopla, los aromas a especias del África septentrional y el sabor de las cortes de Babilonia, un sabor a barbarie y decadencia. Los cruzados encarnan luces entre tanta oscuridad; pero son luces débiles, luces también negras, amargas.

Las losas retoma algunos personajes de Memorias y añade un buen número de fichas nuevas al tablero de juego. Y aunque la cantidad de personajes sea tan elevada que muchos de ellos solo estén esbozados, una de las dos líneas argumentales que se entretejen a lo largo de Las losas se centra en solo dos de ellos, lo cual permite al autor profundizar en sus motivaciones e inquietudes y manipularlos con maestría. Estos dos personajes son Lucie de Millevaches, la novicia que oculta secretos, y Adriano de Roma, una suerte de Qui-Gon Jinn medieval (con el rostro de Liam Neeson me lo dibujé durante toda la novela, y con el de Natalie Portman a su pupila). Adriano es un maestro cruzado triste y contenido, con una versión un tanto particular de la Guerra Santa; un guerrero que se debate entre un fanatismo monacal y un espíritu heterodoxo, ambivalencia que resulta muy bien resumida en la escena de la fiesta tras la muerte del demonio Dash-daar, y también en el álgido punto en que el cruzado se atiene a los métodos que condena en su correligionario Sweyn para poder sobrevivir. Aunque ambas facetas están siempre sometidas a la losa de servir como cruzado a la Bandera de Adraga, una losa del alma, que constriñe las personalidades de todos y cada uno de los guerreros de la campaña. Y es que no podemos olvidar que Laguna conoce como nadie la comprometida situación a la que ha sometido a sus criaturas, y juega con ellas en consecuencia: el Dios Verdadero, un dios de cuya existencia ya no cabe la menor duda, tiene por fuerza que conducir los actos de todos los personajes, quienes no se juegan una bagatela, sino la remisión o el ingreso en un infierno muy pero que muy real. Nadie puede permanecer impasible ante semejante revelación; el fanatismo se convierte en la conducta habitual cuando el Altísimo se nos manifiesta sin reservas. El Medioevo oscuro de Juan Ángel Laguna suaviza el auténtico: si en nuestra Edad Media la religión marcaba a fuego la cultura, en el crudo escenario que perfila Laguna el fervor devora la misma vida. Ya no resta otra empresa que servir a Dios o luchar en su contra. La religión lo ha engullido todo, es la medida de todas las cosas. Como bien reza la contracubierta del libro, Europa entera es más que nunca un valle de lágrimas.


Deja la lectura de Adraga un regusto muy positivo, la agradable sensación de habernos topado con algo distinto. No es de los libros que se olvidan: quizá, con el tiempo, los personajes vayan desdibujándose en nuestra mente, pero la oscura ambientación se acomodará en nuestra retentiva para no abandonarla jamás. Mientras tanto, una advertencia: si te atreves a adentrarte en las misteriosas páginas de Adraga, tachonadas de hierro y sangre, tal vez un día te sorprendas en pleno entusiasmo lector rugiendo el grito de batalla de las temibles Huestes Negras…

¡Por Adraga!

30 jun. 2012

3 segundos para contar una historia

De un tiempo a esta parte se viene abusando del término original. Se trata de un reclamo publicitario, un llamativo señuelo que pocas veces identifica realmente al producto narrativo al cual define. En cierto modo nada es original, toda obra artística se crea a partir de retazos de obras anteriores: como me gusta señalar a menudo, la originalidad no es más que el arte de saber ocultar las propias referencias. A veces, por ejemplo, nos hacemos con un libro por su pretendida originalidad, anunciada siempre con gran pompa en la contracubierta, y luego le advertimos paralelismos por todos lados. Además, la originalidad es subjetiva: alguien con un extenso bagaje cinematográfico se sentirá menos sorprendido ante nuevas películas que cualquier recién llegado, y esto es válido para cualquier forma de narrativa. De ahí que yo envidie insanamente a los niños, anfitriones de ese sentido de la maravilla tan virgen, tan libre de mácula, tan por explorar y explotar.

Sin embargo, de cuando en cuando surgen obras que te siguen sorprendiendo a pesar de la edad, de la experiencia, del luengo camino recorrido en consumo de cultura y subcultura. 3 segundos es una de estas obras: un cómic original en toda regla, en opinión del que suscribe (insisto: hasta la originalidad puede ser subjetiva). Marc-Antoine Mathieu, innovador y premiado artista francés, es el encargado de ofrecernos este vertiginoso trabajo, publicado entre nuestras fronteras por la editorial Sins Entido (que ya le había editado antes su hilarante Dios en persona).

La mejor forma de evidenciar lo diferente de este cómic es sin duda asomarse a él; no hay modo más eficaz que hundirnos de lleno en sus absorbentes páginas y disfrutarlo sin que nadie nos ponga sobre aviso acerca de lo que hallaremos dentro. No obstante, para los curiosos he aquí algunos de los rasgos que creo que convierten este tebeo en algo muy distinto. Y, por supuesto, sin desvelar un ápice de la trama:

  • Todo el cómic (unas setenta páginas) transcurre en tan solo tres segundos.
  • No hay un solo texto en toda la obra, salvo el que forme parte del escenario (carteles, periódicos). Es decir, no hay bocadillos con los diálogos de los personajes, ni cartelas con aclaraciones del narrador. Nada.
  • A pesar de estas limitaciones (relato de un instante de duración y sin diálogos), 3 segundos cuenta una historia compleja, un thriller intrigante con varios personajes y subtramas.
  • Cada página está compuesta por nueve viñetas cuadradas, todas del mismo tamaño, en una disposición también cuadrada de 3x3. A pesar de ello, no hay sensación de serenidad sino de dinamismo, de caos. Un dinamismo dividido en ínfimos fragmentos puramente estáticos. Hay por tanto una ambivalencia, un conflicto entre estatismo y acción que se resuelve con el ritmo quelonio de todo el trabajo y que, por otro lado, es la esencia del noveno arte (¿no son todas las viñetas, incluso las más dinámicas, escenas congeladas en el tiempo?).
  • El tebeo es un juego de espejos. Literalmente. Y un zoom que dura tres segundos. Y un experimento visual. Y un único plano: no hay cortes ni saltos bruscos de escena. Resulta extraordinario lo perfectamente diseñados que están los espacios, la rigurosidad logística detrás de cada viñeta, de cada ángulo, de cada escena. Subyace un enorme trabajo de composición escenográfica tras esta obra. Los espejos, además, obligan al autor a presentar invertidas la mitad de las imágenes, lo cual complica aún más la puesta en escena, que pese a todas las dificultades resulta magistral.
  • Pero 3 segundos también es un puzle que se le ofrece al lector para que lo arme con las piezas repartidas a lo largo de la obra. Hay que estar muy atentos a los detalles, y cubrir los ángulos muertos con información que se nos brinda directa o indirectamente en otras partes del álbum.
En la introducción de 3 segundos, Mathieu nos ofrece algunas pistas para guiarnos en este laberinto gráfico de crímenes y conspiraciones, a la par que nos desea buena suerte en la investigación. También yo os la deseo a vosotros, si resolvéis adentraros en esta maravilla que “dinamita las convenciones de la narración gráfica”, en palabras de Álvaro Pons. Arriesgada y ambiciosa aserción que puede parecer puro marketing, pero que se ajusta como un guante al cómic que nos ocupa, haciéndole justicia.

24 jun. 2012

El libro del Hombre Oso

Hace unas semanas cayó en mis ávidas garras lectoras la novela de un prometedor estilista cordobés al que le tenía echado el ojo desde hace tiempo: Daniel Pérez Navarro. Su ópera prima resultó finalista en 2010 de los premios Ignotus, que vienen a ser algo así como los Óscar literarios de la fantasía patria. Estuve tentado de pillarme la susodicha Mobymelville, pero me decanté por su última novela porque el argumento me atraía más. El libro del hombre oso (Grupo Ajec, 2011) se lee en apenas un par de tardes y se disfruta tanto por su impecable estilo como por su trama absorbente. Se trata, por añadidura, de una historia original, con una desacostumbrada estructura, no arbitraria sino a medida de lo narrado, ajustada a ello como un guante.

El título ya nos anuncia sin tapujos el tema del libro: el hombre oso, una versión muy personal del célebre licántropo. El autor parte de la leyenda que rodea al hombre lobo para crear su propia mitología en torno al oso. El libro es una deconstrucción de la licantropía, pero esa deconstrucción no es un fin en sí misma, sino un paso necesario para el montaje del nuevo mito. Así, la novela comienza echando por tierra todos los tópicos asentados alrededor del hombre bestia no por el placer de destruirlos, sino para construir los propios desde cero. Existen también reglas en la zoantropía del oso, reglas paralelas al proverbial canon del lobo: hay un telón de Aquiles de la criatura en forma de arma especial, una serie de requisitos que precipitan la transformación y, claro, también un proceso de animalización, aunque de una naturaleza distinta y más radical, irreversible. Toda la novela pasa por ofrecer una alternativa al lobo, lo bastante similar como para que los paralelismos sean obvios y lo bastante diferente para que la nueva mitología nos resulte exótica. Así, mientras que el lobo es sutil, oscuro, se desliza entre las sombras (no en vano surge bajo un influjo lunar) y caza furtivamente, por el contrario el oso es gigantesco, tosco, abierto, su vigor no precisa de subterfugios, sus actos son devastadores. Se trata de una suerte de Godzilla ancestral y con germen humano, una pesadilla a gran escala, una fuerza destructora, un monstruo asociado a los tiempos modernos, menos intimistas, de males más globalizados y catástrofes masivas.

Pero toda devastación parte de una mecha tenue, y toda zoantropía de un simple ser humano que solo en potencia se erige en bestia. El libro del hombre oso arranca con un suceso cotidiano que, en principio, no parece guardar relación con el oso: una clase de niños en edad preescolar desaparece misteriosamente durante una excursión. El protagonista del libro, un profesor obsesionado con la figura del hombre oso, se ve involucrado en una serie de crímenes que vulneran la tranquila Daeyna, ficticio pueblo costero, y que en principio tampoco tienen que ver con la desaparición de los niños. Todas estas piezas aparentemente inconexas acabarán formando parte de un puzle mayor. No puedo dar más detalles sin desvelar la trama; lo que sí puedo añadir, sin miedo a comprometerla, es que la historia principal del profesor se va intercalando con una extensa documentación relacionada con el hombre oso, colmada de anécdotas fingidamente históricas (que son las encargadas de desmitificar al teriántropo) y fragmentos literarios del Medievo. Este material anexo enriquece muchísimo la obra global al tiempo que nos va introduciendo en el inquietante mundo del oso mucho antes de que entre en escena, como un preámbulo necesario del catastrófico, fabuloso, terrible clímax que se nos avecina.

Por poner una pega a la novela, no me ha convencido el modo en que se maneja al personaje del señor Mell. Al principio el autor parece jugar con la idea de que el oso somos todos, que no hace falta alcanzar la forma explícita de una animal para actuar como tal, que todo hijo de vecino oculta una bestia dentro, que el hombre puede ser la más atroz de las fieras. Pero, de pronto, los actos inhumanos del personaje tratan de justificarse a través de su condición de bestiario, y entonces el señor Mell sufre un brusco cambio de personalidad que no termina de cuajar; ni siquiera el postulado de que "el bestiario a veces disfruta con la caza" termina de disculparlo. De todas formas, es un mal menor de la novela, y si tenemos que suspender la incredulidad para disfrutar de este, por otro lado, estupendísimo personaje, que así sea.

La edición del libro es muy bonita: impera el blanco, tanto por fuera como por dentro (los capítulos son breves, cargados de espacios vacíos). Adolece, eso sí, de un puñado de errores de maquetación, pero nada demasiado grave. Las fotografías que acompañan el texto son sugerentes y cumplen magistralmente con su función escenográfica. El libro es ameno sin sacrificar por ello el estilo. Pérez Navarro experimenta con el lenguaje, con los tiempos, con las estructuras; todo ello sin perder de vista su objetivo principal, que es contar una buena historia. Una historia donde lo cotidiano se echa un pulso con lo legendario, donde realismo y superstición se montan y se desmontan, conflicto del cual solo el lector sale victorioso.

Seguiremos vigilando a este autor muy de cerca.

16 jun. 2012

Presentación de "El Teatro de los Prodigios": breve crónica del evento



La presentación de El Teatro de los Prodigios, antología de cuentos fantásticos de Ramón Merino Collado, fue todo un éxito.

La presentación comenzó puntualmente a las 20:00 horas, el pasado miércoles 13 de junio en el monumental e histórico ayuntamiento de Baeza. El aforo del gigantesco salón de plenos se completó enseguida, y muchos asistentes tuvieron que permanecer de pie.


Abrió el acto María Ortega, concejala de cultura, quien presentó a los conferenciantes y aplaudió este tipo de iniciativas culturales, agradeciendo al autor su decisión de realizar el evento en Baeza.

Seguidamente dio entrada a Víctor Moreno, elegante saxofonista que interpretó dos piezas de corte romántico y dotó al evento de un toque de distinción.

Tomó la palabra Ángel Torres Villarroya, mago profesional, dueño de una de las tiendas de prestidigitación más importantes de España (Magos Artesanos) y editor de libros y conferencias de magia. Torres se encargó de presentar al protagonista de la velada, gran amigo suyo desde la infancia, ensalzando su calidad como persona y su temprana pasión por la escritura. A continuación habló de la obra, que definió de manera general para después centrar su exposición en tres de los cuentos de la antología: "Si en la noche un extraño", "Círculos" y "Los Arquitectos del Infierno".

Cedió la palabra a María Mesa Romero, profesora del I.E.S. Andrés de Vandelvira y experta en literatura española, quien realizó una minuciosa disección de otros tres cuentos: "Negro caldo primigenio", "La luna roja" y "El verso que me dio el viento", aunque también aludió a los relatos "Magna Veritas" y "Los libros".


A continuación llegó el turno de Ramón Merino Collado, el autor de la obra presentada. Agradeció al auditorio su asistencia al evento y, de forma particular, el apoyo y la calidez de algunas personas. Posteriormente pasó a disertarnos sobre su libro, sobre el periodo de gestación, el denominador común de los cuentos, sus logros como escritor y otros asuntos de interés para la concurrencia. Continuó con una apología de la literatura fantástica, ahondando en las verdades y mentiras que rondan tan denostado género, apoyándose para ello en un texto escrito para la ocasión por el propio autor y que publicaremos próximamente en Molinos Cibernéticos.

Se abrió entonces el turno de preguntas y respuestas, donde descubrimos los futuros proyectos de Ramón Merino, entre ellos dos novelas de próxima aparición.

El acto finalizó con la proverbial firma de ejemplares. Una larga cola de asistentes se formó frente a la mesa, donde el escritor estampó sus rúbricas con una sonrisa dibujada en el rostro; una sonrisa sincera, fruto de un sueño cumplido.

Vicky, la simpática librera de Venyaprende, acudió a la presentación con sesenta ejemplares. El punto de venta fue atacado por hordas de lectores ansiosos, y los libros se agotaron en quince minutos.


El evento, en numerosos aspectos, superó todas las expectativas. El poder de convocatoria fue fantástico. La estimación del número de ejemplares para su venta directa resultó escasísima. Los asistentes cuentan que la presentación sacrificó solemnidad para tornarse amena y distendida, que los oradores estuvieron estupendos y que la introducción musical constituyó un agradable toque de estilo. Baeza, ciudad patrimonio de la humanidad, sirvió de marco ideal para tan mágico encuentro.

Muchas gracias a todos los que lo hicisteis posible.

9 jun. 2012

El Teatro de los Prodigios: bautismo de fuego y presentación del libro


Ya está a la venta El Teatro de los Prodigios, antología de cuentos fantásticos, anatomía alegórica de la naturaleza humana y homenaje al prodigio. Son nueve historias sorprendentes, nueve relatos dispares con un denominador común: la capacidad de asombro, el sentido de la maravilla.


Algunos blogs y renombrados portales de Internet ya se han hecho eco de la noticia. He aquí algunos:




Presentación de El Teatro de los Prodigios

La presentación del libro tendrá lugar en el monumental ayuntamiento de la hermosa ciudad de Baeza, el 13 de junio a las 20:00 horas. Habrá saxos, escritores y burbujas.
¡Os espero a todos!

Cartel de la presentación


30 may. 2012

Los Vengadores y el cine como espectáculo


¿Es una bandada de pájaros? ¿Es una flota de aviones? ¡No! ¡Son los Vengadores!

Estamos ante un proyecto cinematográfico sin parangón: nunca en la historia del cine una película se erigía en secuela de cuatro franquicias al mismo tiempo y era a su vez el final de un ciclo iniciado siete películas atrás, si contamos precuelas (Hulk) y segundas partes (Iron Man 2). Llevan años anunciándola y, para más inri, es el punto de mira de incontables mesnadas de seguidores con un bagaje comiquero que se remonta a cincuenta años atrás. Con todo esto a sus espaldas, Los Vengadores (The Avengers, Joss Whedon, USA, 2012) ha causado un revuelo pocas veces superado, y era obligación de sus perpetradores ofrecer un producto que satisficiera a incondicionales y público masivo por igual. ¿Cumple Los Vengadores con tan altas expectativas? Sí y no.
Dejémoslo claro desde el principio: Los Vengadores es una divertidísima película de acción con un argumento tan nulo que suscita la vergüenza ajena. ¿Qué significa esto? Pues exactamente lo que parece, no hay juicio sentencioso; sobre si es una buena película o no, que cada cual extraiga sus propias conclusiones. He asistido a debates interminables en los que detractores y defensores exponen sus sesudas teorías sobre la calidad artística a favor o en contra de la cinta de Whedon (o de tantas otras). Hace ya mucho tiempo que aprendí que el arte no puede medirse con baremos objetivos y que, al final, tendremos que quedarnos con la mera impresión personal de si nos ha gustado o no. Se asiste a las salas de cine por muchas razones, y una de ellas es pasar un buen rato. El caballero oscuro nos sorprende con el maravilloso retrato de sus personajes y sus vueltas de tuerca en el guion, llevando la madurez argumental al cine de superhéroes; Los Vengadores nos conmueve con sus espectaculares escenas de adrenalina sin refinar. Son dos conceptos de deleite cinematográfico, incluso dentro de un mismo género, y no tienen por qué estar enfrentados.

Los Vengadores adolece de muchos defectos, casi todos relacionados con la narrativa. Es un film que abusa de la verbalización, que reincide con diálogo en conceptos que la exposición visual ya ha dejado claros, como si subestimara el poder de las imágenes y la capacidad del espectador para entender lo que se cuenta. Es una película a la cual se le advierten las costuras, con una primera parte un tanto lenta, que pierde el tiempo en presentar a unos personajes de sobra conocidos (aunque la presentación no es tan profunda como para situar a alguien ajeno a la saga, logro que excusaría su redundancia). Es una película con un argumento más simple que el mecanismo de una piruleta, y con lagunas e incoherencias en la trama (¿por qué Hulk de repente se vuelve controlable?). Y con todo, es una cinta que cumple con creces su función, que no es otra que la de entretener. Se le achaca a Whedon el no estar a la altura de sí mismo, de sus trabajos de largo recorrido (léase series de televisión), pero es que Whedon es consciente del cambio de medio y juega sus cartas en consecuencia. La película puede ser simple, pero en ningún momento es estúpida, nunca insulta la inteligencia del espectador. Solo le da lo que quiere: un espectáculo como pocas veces se ha visto en el cine. La batalla final (cuarenta y cinco minutos largos) es mera poesía visual, puro cine, entendiendo el cine como entretenimiento, retornando a los orígenes de la cinematografía y a la revitalización de los ochenta: buenas coreografías, planos secuencias y efectos especiales en armonía para constituir un todo espectacular. Los actores están correctos, la música firmada por el maestro Silvestri no desentona y el guion es respetuoso con los personajes del cómic (Chris Evans encaja como un guante en el papel del Capi, y solo el Toni Stark de Robert Downey Jr. se aleja un poco del original, para bien).

Los Vengadores no se llevará premios ni grandes alabanzas de la crítica, pero no hay mejor premio que el aplauso del público ni mejor crítica que la de la gente de a pie, por tópicas que resulten estas palabras. Su factura responde a una función muy concreta: generar taquilla y beneficios. Se trata de un blockbuster palomitero sin pretensiones artísticas y mucho menos narrativas. Pero logra que abandonemos las salas con una sonrisa gestada por el sense of wonder, y eso ya mucho más de lo que pueden decir la mayoría de las películas de aventuras hoy día. Solo por esto creo que Whedon puede subirse al podio ocupado por Donner, Burton, Raimi, Singer o Nolan y hablarles casi de igual a igual.
¿El siguiente paso? Aguardar a que los personajes que la Marvel tiene hipotecados a otros estudios cinematográficos queden por fin libres, con lo que el albedrío para construir un universo cinematográfico paralelo al del noveno arte sería total. En cuanto Spiderman, X-Men y otros vuelvan al redil, Secret Wars o Civil Wars estarán más cerca de realizarse que nunca.