27 jun. 2013

La rosa de Waterhouse


Reconozco mi amor incondicional por el género de la poesía, pero también confieso que, por unas razones u otras, no leo tanta como quisiera. Las últimas antologías poéticas de autor único a las que he tenido el placer de asomarme han sido el Breviario de erótica perversa de José Alcalá-Zamora, el Lunario sentimental de Leopoldo Lugones y la Poesía reunida de Ramón Irigoyen. Obras todas de buena factura que van de lo erótico a lo subversivo. Pero hoy quiero hablaros del último poemario que ha caído en mis manos y que me ha horadado el corazón de parte a parte: La rosa de Waterhouse (Ed. Asociación Cultural Andrómina, 2010), de Caty Palomares Expósito.
Lo primero que llama la atención, nada más adentrarte en ese mundo simbólico que nos regala la autora, es la enorme modernidad de los poemas. Su rotunda actualidad. Caty demuestra un bagaje poético absoluto que procede a deconstruir para alumbrar su propia poesía. Tendrá sus referentes, como todo el mundo, pero no se erige en clon de nadie. A lo largo de las ciento y pico páginas del poemario, la autora extiende su propia voz, una voz que, tras la lectura, me veo capaz de identificar sin demasiados problemas mientras conserve el mismo registro. Una voz, con todo, alojada en el universo poético más flamante. Una voz, en suma, que coge lo mejor de la actualidad poética, lo personaliza y lo sublima.
Hay una doble lectura en La Rosa de Waterhouse. Caty Palomares nos habla, sobre todo, del lenguaje. De la evocación de las palabras y de la palabra como recurso del hombre, del poeta y la amante en particular. No cae la autora en el error manido de invocar en sus versos a las musas (aunque veladamente lo termine haciendo): ella nos habla en línea recta de la propia palabra. Y la palabra, a veces, surge de forma suave, pero en otras ocasiones su invocación es dolorosa y sucia como un parto, sensual, terrible o todo al mismo tiempo. Caty retuerce la palabra, juega con ella, le da forma, la exprime, le hace el amor, la eyacula, la preña, la regurgita, la transfiere y la cubre de polvo, habla por ella y de ella  en un juego metaliterario cuyo resultado brilla por su redondez formal. Palabras, palabras que son milagros, como el punzante milagro de un alumbramiento, o palabras que son falos medrando en tu sexo. Palabras, palabras como labios.
Para mí sean todas las palabras
que a ti te in-complementan:
los ojos sustantivos
el pecho adjetivado
y el verbo procrear
desaforadamente.
Y aquellas invariables
que me conjuntan tú
que me posicionan
con todos sus pronombres
oh, sí, con todas sus interjecciones.
 
Pero la poeta también nos habla, por la palabra, del amor, del platónico y del carnal, del eterno y del fugaz, de nostalgias y eternidades, del dialecto de las alcobas. Nos cuenta del amor a través del símbolo del lenguaje y nos cuenta del lenguaje a través del símbolo del amor. Nos habla, en definitiva, de su amor por el lenguaje y del rijoso lenguaje del amor.
Empleando la gran sabiduría
del maestro, sabrás
que todos los lugares que atesoro
no son ajenos para ti (conoces
tan bien su geografía…)
Y es que las matemáticas no fallan.
Uno más uno son
seguro cuatro muslos enredados
en nuestra historia contemporánea
cuya lengua investigas, filólogo
morfología, léxico, sintáxis…
Me encanta cuando estudias,
intérprete de signos,
los idiomas, la anatomía curva,
(biológica) de cada idiolecto.
 
Hace uso la autora de recursos valientes y rompedores. Se atreve a ignorar ciertos tabús compositivos y en algún poema alarga las sílabas o abunda en adverbios. Con frecuencia inventa palabras, hace hervir su poesía de signos no convencionales como paréntesis y guiones. Y sin embargo el texto fluye con naturalidad, es su poesía un manantial de voces que le otorga doble mérito a su arriesgada labor. Derrama piedras entre sus poemas para hacer fluir la palabra por ellas y consigue que mane mejor que si la hubiera extendido por un campo llano. Se arriesga a engarzar música y matemática con la fontanería de sus vocablos amigos, y lleva a cabo tal mezcla con resultados sorprendentes. La mires por donde la mires, se trata de una poesía original y de un acabado sonoro perfecto.

El alma de la rosa, de Waterhouse
He disfrutado mucho con La rosa de Waterhouse, eléctrica de lenguaje y erotismo. La he degustado como se merece, sin prisas, dejando asentar cada bloque de poemas en el poso de la memoria antes de abordar el perfume del siguiente. Algunos poemas son profundos, laberínticos, reflexivos y autorreferenciales; otros son atómicos, versos minimalistas que te caen encima como mazazos. Caty sabe conducirse en diferentes distancias y aprovecharse de cada una. Se la ve cómoda dentro de su rosa de palabras, aunque ella en algún poema nos grite lo contrario con humildad. Al final, todas sus composiciones se acomodan a la definición de prodigio metaliterario, agudo y conmovedor.
 

Acabamos la reseña de forma atípica: hablando de la responsable de estos magnos versos. Pero ha de ser así, pues sobre el tallo de la rosa se eleva el botón que despliega su aroma. Caty Palomares, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Jaén, ha publicado varios poemarios y se ha alzado con numerosos certámenes, incluyendo el VIII Premio Facultad de Poesía de la Universidad de Jaén con De lo que nunca te dije y me gustaría contarte, el Ciudad de Lucena con Memoria entre ortigas o el Fernando Quiñones con Variaciones. Ha quedado, además, finalista en el XXX Premio de Poesía Leonor de Soria y en el XVI Premio Ciudad de Torrevieja con Yo sé que existo porque tú me imaginas, y en el XXIII Premio San Juan de la Cruz con El sonido de la luz. La misma Rosa de Waterhouse la ha hecho merecedora del IX Premio de Poesía Leonor de Córdoba. Y con esta antología nos derrama su autora una gran verdad: no la palabra, no el amor ni el sexo ni el recuerdo. Caty Palomares es la auténtica rosa de Waterhouse.

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